Tal vez para cuando leas esto, habrá
pasado mucho tiempo de nuestra partida, o la mía fue repentina como siempre me
imaginé, o la de ella fue tan dulce y lenta como ella deseó. Pero lo que tienes
ahora en tus manos son las últimas palabras que me gustaría dirigirle a ella, y
de las cuales tú eres el único testigo.
Fuiste muy cercana a ella, tanto que una
parte de ella yace dentro de ti, en cada palmo y en cada paso que das, pero en
ti no encuentro nada de ella y jamás volveré a ver el carmín de sus labios que
me hicieron morder los míos, el cabello rojo como un tulipán holandés y las
curvas de su cuerpo que caían graciosamente como un bucle de viento.
(Te podría hablar esquelas y esquelas
sobre cada uno de los centímetros de su cuerpo que nunca toqué más allá de la
ternura de un beso, que desaproveché y del que tuve nostalgia hasta cuando lo
soñé)
Hay que rescatar de Maritza esa
sonrisa con la que nos perdía a los hombres y la mirada pequeña y penetrante
que se le perdía entre las páginas de los libros viejos que tanto devoró. Ávida
lectora, me imaginaba un pequeño gemido suyo de placer entre cada palabra de la
poesía de Nervo y Poe, arrebatado con la mueca alegre de que muchos hombres que
no llenaríamos los zapatos de los muertos a los que admiró. Yo quisiera decirte
que todo el tiempo que escribí traté de llegar a la altura de sus suspiros, de
las palabras que admiraba, pero creo que siempre fracasé en mi cometido. Si
ella leyera estas palabras en este momento
(que lo hace a través de tu sangre)
seguramente se reiría con esa crueldad
roja que brotaba del mismo lugar que su amor.
Y no dejo de pensar que era una mujer
perdida entre las calles de su Centro, que a veces se encontraba a sí misma
como la Maga a Oliveira, pero no había Oliveira con ella y el río de palabras
debajo de sus pies era el rumor de la ciudad llamándola, su hombre, su bestia,
su toro que muchas veces le hizo el amor con su mano de noche y la besaba con
el aire frío de las luces, tocándole el cabello con las estrellas que nunca
salen: su Oliveira, su hogar.
Y ella misma como un toro rojo, un
gato gris era solamente el verbo amor encarnado, con la necesidad como su
cabello, y aquí, en mis últimos momentos, te confieso que si ella era amor, yo
la desprecié por mi ceguera, por el sol memorioso que me cubría, y el agua del
desierto retrocedió tantos años que solo era un recuerdo frío.
Tú eres su sangre, su rojo corre en
ti, tú eres una parte de ella y si tu lees estas palabras, tal vez lleguen a
ella, a sus caderas fuertes, a su mirada de amor perdido a las afueras de una
tarde de jazz, al perfume de un licor que no quiso beber, a una figura perdida
entre el río de las avenidas.
