viernes, 16 de mayo de 2014

Un día para Maritza

Tal vez para cuando leas esto, habrá pasado mucho tiempo de nuestra partida, o la mía fue repentina como siempre me imaginé, o la de ella fue tan dulce y lenta como ella deseó. Pero lo que tienes ahora en tus manos son las últimas palabras que me gustaría dirigirle a ella, y de las cuales tú eres el único testigo.

Fuiste muy cercana a ella, tanto que una parte de ella yace dentro de ti, en cada palmo y en cada paso que das, pero en ti no encuentro nada de ella y jamás volveré a ver el carmín de sus labios que me hicieron morder los míos, el cabello rojo como un tulipán holandés y las curvas de su cuerpo que caían graciosamente como un bucle de viento.

(Te podría hablar esquelas y esquelas sobre cada uno de los centímetros de su cuerpo que nunca toqué más allá de la ternura de un beso, que desaproveché y del que tuve nostalgia hasta cuando lo soñé)

Hay que rescatar de Maritza esa sonrisa con la que nos perdía a los hombres y la mirada pequeña y penetrante que se le perdía entre las páginas de los libros viejos que tanto devoró. Ávida lectora, me imaginaba un pequeño gemido suyo de placer entre cada palabra de la poesía de Nervo y Poe, arrebatado con la mueca alegre de que muchos hombres que no llenaríamos los zapatos de los muertos a los que admiró. Yo quisiera decirte que todo el tiempo que escribí traté de llegar a la altura de sus suspiros, de las palabras que admiraba, pero creo que siempre fracasé en mi cometido. Si ella leyera estas palabras en este momento

(que lo hace a través de tu sangre)

seguramente se reiría con esa crueldad roja que brotaba del mismo lugar que su amor.

Y no dejo de pensar que era una mujer perdida entre las calles de su Centro, que a veces se encontraba a sí misma como la Maga a Oliveira, pero no había Oliveira con ella y el río de palabras debajo de sus pies era el rumor de la ciudad llamándola, su hombre, su bestia, su toro que muchas veces le hizo el amor con su mano de noche y la besaba con el aire frío de las luces, tocándole el cabello con las estrellas que nunca salen: su Oliveira, su hogar.
Y ella misma como un toro rojo, un gato gris era solamente el verbo amor encarnado, con la necesidad como su cabello, y aquí, en mis últimos momentos, te confieso que si ella era amor, yo la desprecié por mi ceguera, por el sol memorioso que me cubría, y el agua del desierto retrocedió tantos años que solo era un recuerdo frío.


Tú eres su sangre, su rojo corre en ti, tú eres una parte de ella y si tu lees estas palabras, tal vez lleguen a ella, a sus caderas fuertes, a su mirada de amor perdido a las afueras de una tarde de jazz, al perfume de un licor que no quiso beber, a una figura perdida entre el río de las avenidas.

domingo, 30 de marzo de 2014

Impresión número Dos: Opus 43, de Dustin O’Halloran

A la hora de salir de mi oficina, la luz de la tarde cae bella, cae suavemente durante el otoño sobre la extensa y ancha avenida, flanqueada de jacarandas y palmeras. Me aflojo la corbata al bajar por el elevador de cristal, buscando poder respirar un poco, exhalar el agotamiento, y a veces poder gritar un poco en el silencio. Bajo en el elevador solo desde el último piso, mirando la ciudad a través de las paredes de cristal. A veces llego a esperar hasta 10 minutos buscando la oportunidad de descender solo, no importa el tiempo, nadie me espera en casa, ni siquiera un perro

(las gotas siempre caen del grifo silenciosamente)

solo una que otra bacteria o una mariposa que se cuela por la ventana abierta. Así que bajo del edificio de cristal,

(el cielo)

hasta tocar tierra y caminar en el aire pesado de la avenida. Frente a mi enorme torre, en la acera de enfrente, cada tarde bebo una cerveza, un trago, y muy rara vez un café para los nervios.
Un día bajé del cielo y lo miré, un hombre sentado en la mesita delante de la mía. Me pareció verlo días antes, pero lo pude haber confundido con los recuerdos de mi abuelo. La madura luz otoñal golpeaba mi torre de cristal y se proyectaba al asfalto de la avenida, calentando un poco el atardecer frio que caía sobre la ciudad. El hombre

(Cabello cano, gordo, enfundado en una chaqueta bomber muy vieja con un escudo que reza Airborne en el brazo derecho, piel obscura)

mascaba su propia lengua, esperando su orden y leyendo una pequeña gaceta barata que regalan en la avenida. De tanto en tanto levantaba una servilleta de la mesa y se limpiaba la comisura de los labios. De la bolsa interior de su chaqueta, sacó una fotografía que contempló unos largos segundos hasta que su orden llegó. Se sobó las palmas ansioso, miró a la mesera, a la cual le dijo algo y…

(Alguien me interrumpió, un mesero joven. Pedí una cerveza oscura)

…sorbiendo su café, miró largamente al cielo

(La luz otoñal se incrustaba en cada uno de las superficies de la materia, haciendo de toda la avenida una enorme hoja café que caía del cielo, que se oscurecía muy lentamente.)

Le trajeron después un sándwich que comió lentamente, no se le notaba ninguna prisa en comerlo y tomar su café. Un rato después y su café ya no humeaba, tomaba un sorbo frío, la taza la ponía sobre la foto que sacó de la chamarra, la cual miraba a ratos y después se perdía en un pensamiento que ni el mesero interrumpía.

(Esos meseros idiotas que creen que ignorarlos es una ofensa)

Yo le daba un trago a mi cerveza y lo miraba, con su cara dura y morena. Comenzó a tener un tic y me miró. Antes de que sus ojos se clavaran en mí, logré sostener mi mirada a una mujer a dos mesas de él, rubia y madura, con dos niñitas rubias, sus minimís.

(Adolescente y niña)

Regresé mi mirada al viejo, él volvía a mascar el trozo de sándwich, luego su boca vacía y el sorbo de café negro, y yo acostumbrándome a su tic, a sus mascar con la boca abierta.

(Me hormiguea la cara)

Yo bebía mi cerveza y tomaba algunos cacahuates de un pequeño platito que la mesera rápidamente pasó a dejarme. Tomaba el puñito de cacahuates y sin limpiarme la palma salada, tomaba la botella de cerveza, hasta que me di cuenta de la pasividad y lentitud con que yo lo hacía. Una pequeña brisa asedió todo el local y cerré los ojos un instante, disfrutando íntimamente de ella. Miré al viejo

(La luz otoñal se reflejaba en el edificio: el edificio se reflejó en el cielo.)

y este ya no estaba, había desaparecido.

Miré la mesa y ahí estaba la fotografía que yo había mirado toda la tarde, una postal que mi hija me había mandado desde Roma, con la imagen del Éxtasis de Santa Teresa. Al terminar mi café, las rodillas ya me dolían, pensé en que había sido un día muy pesado en el talle mecánico. Dejé 30 pesos sobre la mesa y me levante con dirección a mi casa, no sin antes buscar al hombre de traje y corbata floja que me había mirado largo rato

(Imbécil)


detrás de una cerveza. Ya no estaba, ya no había luz y sentía frío. 



domingo, 16 de marzo de 2014

Impresión número Uno: 3 sarabandes: No.1, de Erik Satie

Normalmente las noches en las que no puedo conciliar el sueño son en las que creo que no debo dormir, como cuando uno se percata de que no debe escuchar una conversación o ver cierta escena. 

(No sé, ni he estado tan cerca lo suficientemente cerca de la muerte como para pensar que en ese mismo momento uno debe dejarse llevar por ella, como una Ofelia de Von Trier, pero sí he estado lo suficientemente cerca de esos sueños en los que uno quiere despertar, que sabe que si no lo hace, será un perpetuo caer.) 

 En esas noches, a veces suena el distante ulular de lo que parece un tren, y mi hermano, quien también lo ha escuchado entre sueños, dice que es una sirena muy distante de algún edificio nocturno. Estoy muy lejos de una estación ferroviaria, así que es improbable que sea un tren. Lo más cercano que hubo en este lado oriente fue San Lázaro hace ya muchísimos años, pero ese ulular en la oscuridad suena como un eco de aquellos años. 

(Uuuuuuuuuu, y la última luz del último departamento se apaga) 

Me acuesto boca arriba y miro al techo, con el sabor de la pasta de dientes aún escaldándome la lengua. Siento la cobija suave y el placer en toda mi mente de saber que faltan muchas horas para que mi cama me expulse al día, al movimiento. En toda la oscuridad y el silencio de mi cama hay paz. Hay un libro sobre mi cabeza, nunca sé cuál es exactamente, los gatos se suben cada tarde y siempre tiran las pilas de libros que mi hermano acomodó al hacer la limpieza general de la habitación. Levanto la cabeza, tomo mi teléfono celular, enciendo la pantalla y miro con su luz: lunes, El Museo de la Inocencia; martes, Teatro completo de Max Aub; miércoles, Platero y yo; jueves, mis gatos no han tirado nada, Platero me sigue mirando con sus ojos de azabache y sus pestañotas; jueves, Historia de Jerusalén; viernes, Atonement; sábado, Contra Saint-Beauve; domingo, uno que no puedo recocer su nombre y olvidé el cuándo lo compré, pero tiene una estrella de David azul en medio de la portada. 

(Wuuuuuuuuu)

Hay noches en que se escucha entre todo el silencio un avión descendiendo a toda velocidad al aeropuerto internacional, que está a menos de un kilómetro y medio de mi casa. Mi cabeza se revuelve en el cielo y descienden las ideas que no me dejan dormir. Hoy no fui a trabajar, pienso, me dio migraña y tengo un eterno temor a cada distorsión visual. (La vista no es perfecta en mis ojos con gafas, el temor al dolor se vuelve una costumbre y a veces una excusa.) Vuelvo a cerrar los ojos y cuando el ulular del tren fantasma o el avión vivo desaparecen, siento que me transporto a una calle vacía por la noche y cada ladrillo de cada edificio o del adoquín de la calle es una palabra que no puedo descifrar, pero se escriben con cada célula.

La calle duerme y sueña estas palabras, la ciudad respira y las corriente de brisa que soplan en su primavera nocturna son su sangre. Mis zapatos resuenan en estas calles coloniales dándole silencio al ulular. Abro mis ojos y tengo sed.