domingo, 16 de marzo de 2014

Impresión número Uno: 3 sarabandes: No.1, de Erik Satie

Normalmente las noches en las que no puedo conciliar el sueño son en las que creo que no debo dormir, como cuando uno se percata de que no debe escuchar una conversación o ver cierta escena. 

(No sé, ni he estado tan cerca lo suficientemente cerca de la muerte como para pensar que en ese mismo momento uno debe dejarse llevar por ella, como una Ofelia de Von Trier, pero sí he estado lo suficientemente cerca de esos sueños en los que uno quiere despertar, que sabe que si no lo hace, será un perpetuo caer.) 

 En esas noches, a veces suena el distante ulular de lo que parece un tren, y mi hermano, quien también lo ha escuchado entre sueños, dice que es una sirena muy distante de algún edificio nocturno. Estoy muy lejos de una estación ferroviaria, así que es improbable que sea un tren. Lo más cercano que hubo en este lado oriente fue San Lázaro hace ya muchísimos años, pero ese ulular en la oscuridad suena como un eco de aquellos años. 

(Uuuuuuuuuu, y la última luz del último departamento se apaga) 

Me acuesto boca arriba y miro al techo, con el sabor de la pasta de dientes aún escaldándome la lengua. Siento la cobija suave y el placer en toda mi mente de saber que faltan muchas horas para que mi cama me expulse al día, al movimiento. En toda la oscuridad y el silencio de mi cama hay paz. Hay un libro sobre mi cabeza, nunca sé cuál es exactamente, los gatos se suben cada tarde y siempre tiran las pilas de libros que mi hermano acomodó al hacer la limpieza general de la habitación. Levanto la cabeza, tomo mi teléfono celular, enciendo la pantalla y miro con su luz: lunes, El Museo de la Inocencia; martes, Teatro completo de Max Aub; miércoles, Platero y yo; jueves, mis gatos no han tirado nada, Platero me sigue mirando con sus ojos de azabache y sus pestañotas; jueves, Historia de Jerusalén; viernes, Atonement; sábado, Contra Saint-Beauve; domingo, uno que no puedo recocer su nombre y olvidé el cuándo lo compré, pero tiene una estrella de David azul en medio de la portada. 

(Wuuuuuuuuu)

Hay noches en que se escucha entre todo el silencio un avión descendiendo a toda velocidad al aeropuerto internacional, que está a menos de un kilómetro y medio de mi casa. Mi cabeza se revuelve en el cielo y descienden las ideas que no me dejan dormir. Hoy no fui a trabajar, pienso, me dio migraña y tengo un eterno temor a cada distorsión visual. (La vista no es perfecta en mis ojos con gafas, el temor al dolor se vuelve una costumbre y a veces una excusa.) Vuelvo a cerrar los ojos y cuando el ulular del tren fantasma o el avión vivo desaparecen, siento que me transporto a una calle vacía por la noche y cada ladrillo de cada edificio o del adoquín de la calle es una palabra que no puedo descifrar, pero se escriben con cada célula.

La calle duerme y sueña estas palabras, la ciudad respira y las corriente de brisa que soplan en su primavera nocturna son su sangre. Mis zapatos resuenan en estas calles coloniales dándole silencio al ulular. Abro mis ojos y tengo sed.


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